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Jarrones chinos de la geografía española

Martes, 24, enero, 2012


La crisis nos ha permitido ver lo inútil de muchas de nuestras infraestructuras. No es que las dificultades económicas las hayan arrastrado a la inutilidad. No. Siempre lo han sido, pero ahora tenemos la percepción colectiva de que lo son. De que nos hemos gastado centenares de millones de euros en comprar jarrones chinos y ahora nos damos cuenta de que son improductivos e inservibles. Y, además, demasiado caros de mantener.

Ante esta situación la pregunta es: ¿por qué hemos llegado aquí? Porque unos países, cuando piensan en su futuro, apuestan por la educación y la investigación, sumando valor a las próximas generaciones. Y otros, como el nuestro, unen el futuro a unas infraestructuras sobredimensionadas y lujosas. Como si el desarrollo dependiera de los metros cúbicos edificados, sean aeropuertos, estaciones de AVE o polideportivos. Me permito apuntar dos respuestas, aunque podrían ser muchas más.

En primer lugar, estamos aún atados al desarrollismo. Un concepto del siglo pasado, que fía buena parte del crecimiento económico a la construcción de grandes infraestructuras: un aeropuerto, sin más, genera por sí solo demanda y con ella actividad económica. Un concepto caduco, pues el crecimiento está más relacionado a los niveles de conocimiento y a la creatividad de su población que a los kilómetros de autopistas que tenga una región. Aunque estos pueden ser necesarios, nunca son suficientes, ni su sobreoferta produce más desarrollo.

Las políticas públicas y las decisiones políticas de un país reflejan sus estructuras corporativas, sus grupos de poder y de presión. De ahí cabe pensar que “nuestros jarrones chinos”, ubicados en toda la geografía española, son fruto de los grupos corporativos a los que les interesa construir. Que es la construcción en sí misma, y no el desarrollo futuro, la que realmente interesa. Por eso, cuanto más y más grande mejor.

Y esta es nuestra geografía e incluso nuestra definición de país: aeropuertos y estaciones sobredimensionados, sin aviones ni trenes. Sin poderlos mantener, porque tienen costes de gestión altísimos. Y nuestros niños pasan frío en las escuelas y tienen que reducir los presupuestos universitarios, porque esto sí que es un lujo.

Carme Miralles-Guasch   Profesora de Geografía Urbana

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